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Escenario político: Bahía está en el pico, cuándo se supone que baja y qué pasará después

Con los hospitales en zona de riesgo, ya existe una estimación de cuándo descendería la curva. De ahí en más se esperan decisiones cada vez más aperturistas.

Una de las pocas certezas de la pandemia es que todas las proyecciones pueden estar equivocadas. No obstante, los especialistas siguen proyectando y para Bahía Blanca estiman que estos días son el pico de contagios de coronavirus, el cual debería durar aproximadamente un par de semanas más.

Con el sistema sanitario al límite pero aún a salvo del colapso, los médicos miran con temores al Día de la Madre. Nadie con los pies en el suelo supone que este domingo no va a haber miles de reuniones familiares en la ciudad y, pese a que no lo pueden decir en voz alta, ruegan que si la gente va a transgredir la norma al menos se junte en patios, a distancia, sin compartir mate, vasos, cubiertos, etcétera.

Bahía en las últimas horas se encontraba en el puesto 77 entre los 135 municipios bonaerenses en cantidad casos cada 100 mil habitantes. Es decir, un poco por debajo de la mitad. Hay distritos con ese indicador en peores condiciones que se ubican en fase 4, más permisiva que a nivel local, aunque eso tiene una explicación. Nuestro distrito es cabecera de región y centro receptor de pacientes de la zona, con lo cual puede tener menos casos cada 100 mil que otras ciudades pero sus hospitales están más cerca del desborde.

En la Municipalidad, de todos modos, creen que el sistema de fases está perimido. El movimiento entre 3 y 4, como se vio aquí, entienden que solo sirve para perjudicar a algunas actividades económicas que no fueron responsables de la aceleración de los positivos. También presumen que con el próximo vencimiento del decreto que extiende el aislamiento, a fines de este mes, vendrá una etapa de reaperturas graduales cada vez más acentuada.

"Yo no soy de los que critican la cuarentena porque en Bahía vemos que sirvió. Nos permitió reforzar el sistema hospitalario y hacer un trabajo más integrado. La relación entre los directivos hospitalarios no era la mejor, cosa que todo el mundo sabe y ellos mismos admiten, y eso se corrigió bastante", dice una altísima fuente de Alsina 65.

Continúa: "También fue útil para que la población tomara conciencia de la pandemia. Obviamente que nunca es el 100%, pero con que haya sido el 70% ya es importante. Sin embargo, a esta altura creemos que hay que avanzar hacia un esquema de mucha mayor conciencia individual y permisos para ir recuperando actividades. El principal foco de contagios siguen siendo las reuniones sociales en casas particulares, que es lo más difícil de controlar, y no tanto en los trabajos, donde en general se cumplen los protocolos".

Hubo un cambio sugerente en la cuenta de Twitter del intendente Héctor Gay en estos días. Del lema #QuedateEnCasa pasó a acompañar su foto de perfil con un #DependeDeVos. Toda una definición sobre el pensamiento del gobierno municipal.

Desde la oposición local hacen otras lecturas. Un dirigente con más de 25 años en los primeros planos del peronismo dice "Es lamentable, pero pareciera que la grieta se come todas las discusiones. El discurso del gobierno municipal prácticamente provocó el fracaso de la fase 3, al advertir desde el inicio que no iba a tener sentido y eludir sus responsabilidades de control. Creo que ese discurso es calculado, Bahía Blanca es una ciudad con sus particularidades políticas y ese mensaje le llega un sector importante de la población que comulga con las ideas de Juntos por el Cambio. O, dicho de otra forma, es profundamente antikirchnerista. Posicionarse desde ese lugar les permite fidelizar votantes".

Agrega: "No deja de ser una actitud arriesgada. Uno escucha con frecuencia que en la ciudad hay pacientes dando vueltas durante horas en las ambulancias hasta conseguir camas de hospitales, que algunos médicos dicen que tienen que elegir a quién atender y en la comuna no parecen acusar recibo. Voy a decir algo muy duro: hoy el alivio a las terapias intensivas no se los da el aporte de elementos médicos sino el fallecimiento de pacientes, lo cual permite la reutilización de las camas para los que vienen atrás. Es muy fuerte lo que está pasando y no sé si todo el mundo es consciente".

Uno de los miembros del gabinete de Gay, de diálogo frecuente con las autoridades de Provincia, lee dos cosas. Una, que el sistema sanitario todavía tiene algo de margen. Leve, pero hay. La otra, que de esas charlas cotidianas con La Plata se desliza que estamos por entrar en un proceso gradual cada vez más aperturista, debido a que el pico aflojó en el AMBA y que es esperable el mismo proceso en el interior en el futuro cercano.

Hay datos inequívocos sobre esa postura de Nación y Provincia: se habilitó la presencialidad en las aulas en determinados distritos, se anunció la rehabilitación paulatina de aviones y micros de larga distancia, y se confirmó que habrá temporada turística. Todavía no se sabe bien cómo, pero habrá.

La interpretación es que avanzando hacia el verano llegarán mayores flexibilizaciones y que, pese a eso, la curva de casos no se movería hacia niveles preocupantes. En Europa, a grandes rasgos, eso fue lo que ocurrió en la temporada de calor, aunque con el regreso del otoño y el clima fresco están sufriendo rebrotes en algunos casos furibundos.

Si Argentina calca esa lógica (todas las proyecciones pueden estar equivocadas) hacia marzo-abril volverían los embates del virus y perjudicarían, entre otras cosas, a las clases presenciales una vez más. Sería dramático porque en un país como el nuestro el acceso desigual a la educación es uno de los huevos de la serpiente. La vacuna es una esperanza, pero por ahora solo eso.

Si en efecto la curva del COVID-19 muestra un declive hacia principios de noviembre, el foco de preocupación máxima se va a correr del sistema sanitario a otra crisis demoledora, con efectos de largo plazo. Se trata de la debacle económica y el aumento de la pobreza.

Es habitual leer comparaciones de la caída del PBI argentino con otros países. Al igual que con los casos y fallecimientos por coronavirus, parece como mínimo imprudente sacar conclusiones lineales. Nunca es igual la capacidad de recuperación de un país desarrollado que la de otro que no lo es.

Argentina viene de un período negativo que algunos sitúan a partir del inicio del gobierno de Mauricio Macri y otros un poco antes, en la última etapa de Cristina Kirchner, con el boom de los commodities ya superado, un bajo o nulo crecimiento del sector privado, aumento del gasto público sin la correspondiente suba de los ingresos para sostenerlo y una inflación indomable. Variables que empeoraron en los cuatro años posteriores.

Más allá de dónde se ubique el inicio del problema, la pandemia revuelca con violencia a una economía que ya se encontraba en el barro, y que por historia reciente y contexto se vuelve más dependiente del subsidio estatal.

Una señal de alarma es el dato de inflación de septiembre del INDEC: ese 2,8% es el más alto desde el inicio de la pandemia (marzo cerró en 3,3% pero la mayor parte del mes no tuvo aislamiento) e idéntica evolución muestran los indicadores locales del CREEBBA (2,7% en septiembre) e IPC Online (2,5%).

Como las estadísticas parecen ciencia dura pero en realidad son interpretables, una mirada favorable señala que la evolución interanual del índice de precios viene en línea descendente (el acumulado de los últimos 12 meses es del 36,6%) y que eso implica una mejora en relación a la última etapa de la era Macri.

Pero un análisis más contextualizado evidencia que la baja inflacionaria en la primera etapa de la cuarentena respondió a la menor actividad económica y a la consecuente desaceleración en el consumo. Es decir, hubo menos inflación por causa de una situación extraordinaria y no debido a una política económica dirigida en ese sentido (que además no podría haber existido porque la pandemia impide todo razonamiento asimilable a una coyuntura sin pandemia).

Uno de los dramas que se sabía que iban a llegar y que ahora está asomando es cómo hará el gobierno para desarmar la madeja de subsidios otorgados a partir de una fuerte emisión monetaria sin respaldo. De nuevo: seguramente Alberto Fernández no tenía otra alternativa y no se lo puede acusar por echar mano a ese recurso, pero el presidente sabe que largando papelitos de colores no se resuelve ninguna crisis económica.

La aceleración de la inflación, que se supone que continuará en ascenso este octubre, es una espiral que hunde en la pobreza a miles de familias argentinas cuyos ingresos no se ajustan al mismo ritmo. El panorama es tétrico y ningún economista parece encontrar la tecla apropiada.

En este marco, hay otras dos discusiones inmediatas interesantes. Una tiene que ver con el impuesto extraordinario a las grandes fortunas. Por definición, tiene lógica que se busque cobrar impuestos a los sectores de mayor capacidad contributiva. La duda en este caso es si se trata de una solución duradera o de un atajo para entretener a la tribuna.

En la serie "Borgen", hoy de moda, el partido político de la principal protagonista, una líder de centro más bien pro Estado, propone este tipo de impuesto. Su principal asesor económico, un hombre abiertamente de izquierda y pasado en el comunismo de los 80, afirma que no es recomendable porque no tiene efecto real sobre las finanzas públicas y además es una mala señal para los futuros inversores. 

En la misma línea de apuntarle al que más puede y aliviar al que menos, le falta volumen a otra discusión importante. Según el INDEC, una familia tipo necesitó en agosto 45.478 pesos para no quedar debajo de la línea de pobreza. A su vez, un jefe o jefa de familia con cónyuge y dos hijos que cobra 73.102 pesos paga impuesto a las Ganancias.

Esta proximidad entre la línea de pobreza y lo que se considera clase privilegiada es un verdadero disparate. Pero la suba del mínimo no imponible, muy relevante para un amplio sector de la clase media, no aparece en ningún debate de primer nivel.

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